domingo, 14 de octubre de 2018

MI DERROTERO, MI PROFESION


Como casi todo el mundo, me inicié en la enseñanza con altas dosis de ansiedad; quizás porque, a ser profesor se aprende por ensayo y error. Aún recuerdo mi primer día de clase como ayudante de mi querida profesora Ursula Friebel Wunder: toda mi seguridad superficial se fue abajo al oír una voz masculina a mi espalda decir: “¡Pero si es una niñita..,  a otro “que bombón”...; mi miedo a que se me acabara la materia que había preparado para cada clase, a que un alumno me hiciera preguntas sobre temas que no dominaba, y no poder seguir. Vienen a mi memoria la tensión diaria para aparentar un serio academicismo, una sabiduría que estaba lejos de poseer... Luego, con el paso del tiempo, corrigiendo errores y apuntalando lo positivo, pude abandonar las apariencias y me gané la libertad de ser profesora, la libertad de estar en clase sintiéndome segura de mí misma, con conocimiento de lo que se puede y lo que no se puede hacer en una clase; la libertad de decir lo que pienso, de ensayar nuevas técnicas para explicar un tema, de cambiar formas y modificar contenidos. Con la libertad llegó la alegría de sentirme útil a los demás, la alegría de la valoración de mi trabajo, la alegría por haber escapado a la rutina convirtiendo cada clase en una aventura y en un reto intelectual. Aún quisiera enlazar pensamiento y sentimiento en mis clases, es decir enseñar a  pensar y sentir, ambas cosas juntas. Creo que la enseñanza en la escuela, en el Liceo o la Universidad debe convertirse en un sitio donde vamos a aprender, donde compartimos el tiempo, el espacio y el afecto con los demás; donde siempre habrá alguien para sorprenderte, para emocionarte, para decirte al oído algún "secreto magnífico”. Creo que en las clases tenemos que divertirnos, buscar el ansia de saber y propiciar una atmósfera de investigación. “Y no se piense que sólo se abre la mente a los alumnos. También la del profesor se expande y se llena de nuevos matices y perspectivas más amplias, y funciona la relación enriquecedora en los dos sentidos. Mi experiencia, al menos, me dice que algunos de los juegos y problemas con los que he disfrutado, y que sigo utilizando, han tenido su origen en la dinámica de la clase... Y cuando se crea esa atmósfera mágica en clase, con los fluidos intelectuales en movimiento, pocas actividades hay más placenteras”. Hace tiempo, descubrí que el objetivo es ser profesora de humanidad. Lo único que de verdad importa es ayudarles a comprenderse a sí mismos y a entender el mundo que les rodea. Para ello, no hay otro camino que rescatar, en cada una de nuestras lecciones, el valor humano del conocimiento. Todas las ciencias tienen en su origen a un hombre o una mujer preocupados por desentrañar la estructura de la realidad. Alguien, alguna vez, elaboró los conocimientos del tema que explicas, como respuesta a una preocupación vital. Alguien, sumido en la duda, inquieto por una nueva pregunta, elaboró los conocimientos del tema que mañana te toca explicar. Y ahora, para hacer que tus alumnos aprendan la respuesta, no tienes otro camino que rescatar la pregunta original. No tiene sentido dar respuestas a quienes no se han planteado la pregunta; por eso, la tarea básica del docente es recuperar las preguntas, las inquietudes, el proceso de búsqueda de los hombres y mujeres que elaboraron los conocimientos que ahora figuran en nuestros libros.

La primera tarea es crear inquietud, descubrir el valor de lo que vamos a aprender, recrear el estado de curiosidad en el que se elaboraron las respuestas. Para ello es necesario volver las miradas de nuestros alumnos hacia el mundo que nos rodea y rescatar las preguntas iniciales obligándoles a pensar. Cada día, antes de explicar un tema, necesito preguntarme qué sentido tiene el que yo me ponga ante un grupo de alumnos para hablar de esos contenidos, qué les voy a aportar, qué espero conseguir. Y luego, cómo enganchar lo que ellos saben, lo que han vivido, lo que les puede preocupar, con los nuevos contenidos que voy a introducir. Por último me lanzo un reto: me tengo que divertir explicándolo, y esto es imposible si cada año repito la explicación de la misma manera, con el mismo orden,  en el mismo sitio y los mismos ejemplos; llevo mas de treinta años oyéndome explicar los temas, en algunas ocasiones, repitiéndolos dos o tres veces en distintos grupos; y estoy segura que que moriré de aburrimiento si me oigo año tras año repitiendo lo mismo, menos si uso los mismos apuntes. La renovación pedagógica, para mí, es una forma de egoísmo: con independencia del deseo de mejorar el aprendizaje de mis alumnos, la necesito como una forma de encontrarme viva en la enseñanza, como un desafío personal para investigar nuevas formas de comunicación, nuevos caminos para hacer pensar a mis alumnos.

Desde esta perspectiva, la enseñanza recupera cada día el sentido de una aventura que te rescata del tedio y del aburrimiento, y entonces encuentras la libertad de expresar en clase algo que te es muy querido. Inmediatamente recibes la respuesta: si tus estudiantes pican el anzuelo de tu palabra y ya puedes dejar correr el sedal, modulas el ritmo de tu explicación a la frecuencia que ellos emiten con sus gestos y sus preguntas, y la hora se pasa en un suspiro -también para ellos-. Y entonces descubres la alegría: ese momento de magia te recompensa las horas de estudio y te hace sentirte útil en la enseñanza.

Tuve la fortuna de encontrar en mi camino a una maestra, como un regalo de Dios. Ella, con sus palabras, me  abrió horizontes antes insospechados; me ayudó a  enfrentarme conmigo misma rompiendo las barreras de mis limitaciones; su discurso rescato en mi pensamientos que no me atrevía a formular, e inquietudes latentes respecto a un entorno que casi me era desconocido. Y no me siento  humillada por seguir el curso de un pensamiento ajeno; por el contrario, su discurso me ayudó a caminar hacia mi propia libertad; y me ayudó a crear un juicio paralelo con el que pude reestructurar mi forma de ver la realidad. Luego que se extinguieran sus palabras, aún encuentro los ecos que rebotan en mi interior obligándome a ir más allá, a pensar por mi cuenta, a extraer nuevas conclusiones que no estaban en el discurso original; a creer en mis capacidades, y a tener fé en Dios,  aún cuando en su lecho estaba extinguiéndose su propia vida.

Creo que el objetivo del profesor es ser PROFESOR de humanidad... a través de las materias que enseñamos, o quizás, a pesar de las materias que enseñamos; recuperar y transmitir el sentido de la sabiduría; rescatar para nuestros estudiantes, de entre la maraña de la ciencia y la cultura, el sentido de lo fundamental permitiéndoles entenderse a sí mismos y explicar el mundo que les rodea.

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